Cáceres, cuando vuelven las cigüeñas

De los palacios renacentistas al festival WOMAD, la mezcla cultural empieza en el pasado y termina en el futuro en la ciudad extremeña

Iglesia de San Francisco, en el casco histórico de Cáceres, una de las 13 ciudades españolas declaradas patrimonio mundial.
Iglesia de San Francisco, en el casco histórico de Cáceres, una de las 13 ciudades españolas declaradas patrimonio mundial. / Getty
Si, como decía María Zambrano, Extremadura es la tierra del silencio, tal vez la ciudad del silencio sea la parte antigua de Cáceres, declarada patrimonio mundial en 1986. Hay aquí una especie de recogimiento, de soledad, una forma de meditación. Por eso, uno prefiere pasear por ella al atardecer, siguiendo el rastro de las cigüeñas que regresan, viendo la luz que, cuando empieza a derrumbarse por Portugal, se torna dorada y rojiza como el resplandor de una hoguera.
javier belloso
Al llegar al paseo modernista de Cánovas, uno recuerda hasta qué punto Cáceres es una ciudad de la gente hecha para ser vivida a cualquier hora. Cánovas tiene un olor a jardín burgués y a flor de acacias, y es un rincón que cada crepúsculo muestra el color primaveral de una caña de cerveza. Hasta la Plaza Mayor, uno sigue paso a paso el hilo de Ariadna de nuestra época: el comercio. Pero el comercio aquí se deja seducir por los caserones decimonónicos, por los miradores y los ventanales. En San Juan todo se vuelve elegante y un poco mundano, como un turista fino, con ese erotismo de los hoteles, los restaurantes, las taperías y las tabernas. El Cáceres del XIX es un pueblo impresionista, castizo y aristocrático. Una calleja te lleva al hambre de la posguerra, otra al esplendor de la modernidad y sus movidas.
Mundos que se juntan todos en la Plaza Mayor como un juego de mestizajes culturales. La plaza aún conserva el recuerdo del mercado que fue y todo lo que se vive en ella año tras año: el WOMAD y sus músicas étnicas, las procesiones de Semana Santa, las noches de verano y sus terrazas junto a los soportales, mientras uno ve los movimientos de la luna sobre la muralla y los palacios renacentistas, y degusta la torta del Casar, la perdiz al modo de Alcántara, el mojo de tencas de Brozas y acompaña el biscuit de higos con un tinto de la tierra. Una gastronomía en la que se funde lo pastoril, lo tradicional y el refinamiento de los monasterios, algunos de cuyos platos serían llevados por las tropas francesas a las mesas de París.
La Puerta del Río, en Cáceres. / Getty

Puertas y rumores

Entrar en la ciudad vieja es algo más que entrar en un espacio físico, es un salto en el tiempo. No hay sobre ella una sola mirada. Las puertas del Arco de la Estrella o de Santa Ana son las más evidentes. Pero uno puede bajar hasta la iglesia de Santiago, recorrer toda la calle de Caleros y entrar por la romana Puerta del Río. Este es el sitio por el que, durante años, en mis paseos, yo he entrado en esta ciudad. Se oye el rumor del agua, se ven las huertas y los cañizales, se huele el té moruno de Los Siete Jardines. Después se sube por la Cuesta del Marqués con esa imagen de Cristo en lo alto del arco, las calles hacia la judería y la Casa-Museo Árabe, y se comprueba que toda nuestra civilización cabe en unos cientos de metros de empedrado.
Decía De Vigny que cuando vemos lo que es el hombre y la vida nos damos cuenta de que lo único grande es el silencio. La plaza de San Jorge, los Golfines de Abajo o la plaza de Santa María son tres poemas escritos con la arquitectura del silencio. Sus estéticas señalan una moral: que la belleza es el lugar donde la mirada descansa. Como ocurre al entrar en el Jardín de Ulloa, tan íntimo y sosegado. Al detenerse ante el gótico del palacio de los Solís, con ese escudo donde hay un sol con rostro humano y sus rayos mordidos por las furias. Al desviarse hacia la geometría de ladrillo de la Casa Mudéjar, hacia la hiedra de la Torre de Sande y llegar hasta la plaza de San Mateo. Es decir, que, después de las guerras, los odios y las sangres que por aquí se vertieron, hoy estos rincones nos enseñan que solo el arte perdura porque a veces nos acerca a la medida de nosotros mismos.
Con frecuencia, por la mañana temprano, la plaza de San Mateo huele a tocinillo de cielo, a cortaditos de cidra, a yemas, a mantecados, a corazones de almendra, la repostería que sale del horno de las hermanas clarisas en el convento de San Pablo. No se entendería bien la dimensión de toda esta belleza si no se entendiera esa labor humilde y exquisita de los dulces de los conventos cacereños. Porque en Cáceres la belleza empieza por el paladar.

Guía

Hay ciudades llenas de puntos de fuga. Los puntos de fuga en Cáceres hacen que, desde la ventana o el mirador de un palacio, lo que veamos no sean campos o sierras, sino cuadros; es decir, obras de arte. Eso ocurre de forma muy profunda cuando estamos en la plaza de las Veletas, cuando bajamos por los corredores hasta el aljibe. Cuando recorremos los adarves, cuando nos subimos a una torre y sentimos la inmensidad de la llanura como un lienzo pintado por un impresionista.
Hay demasiada vitalidad en esta tierra como para no sentirse contagiado por ella. Las calles de Cáceres empiezan en el pasado y terminan en el futuro, por eso son vividas con entusiasmo. Parafraseando a Borges, uno puede decir que, después de tantos años de pasearla, de vivirla y de pensarla, la belleza es frecuente aquí, y no pasa un día en que no veamos algún signo que nos acerca un poco más a su secreto.

Arco de la Estrella


Arco de la Estrella
El Arco de la Estrella, entrada tradicional a la Ciudad Monumental de Cáceres, vino a sustituir a la Puerta Nueva construcción del siglo XV. Une la Plaza Mayor con la Plaza de Santa María ambas centros neurálgicos de la ciudad durante siglos.
De estilo barroco, fue construido por Manuel de Larra Churriguera en el siglo XVIII sobre una construcción del siglo XV, es un arco rebajado de gran amplitud y en esviaje, hecho de esta forma para facilitar el paso de los carruajes a la Ciudad Monumental. Está construido mediante perforación de la muralla, que conserva su almenaje. En la parte posterior hay un templete en el que está la estatua de la Virgen de la Estrella que le da el nombre al arco. Está considerado como la puerta más importante de la Ciudad Monumental, ya que fue el lugar elegido por la Reina Católica para jurar los Fueros y privilegios en 1477, también en este mismo arco juró los Fueros a la ciudad el rey Fernando "El Católico" en 1479. También recibe el nombre de Puerta Nueva, por ser la última puerta construida en la muralla.
Recomendaciones: A esta imagen se confiaban los viajeros cuando salían de la ciudad y a ella agradecían la vuelta.

EL ALJIBE

Aljibe
Este aljibe hispano-árabe es uno de los restos que ha pervivido de la alcazaba militar almohade, ya que el edificio que lo alberga – el Palacio de las Veletas, actual Museo de Cáceres-, fue reestructurado en el siglo XV y remodelado en los siglos XVII y XVIII. Aún conserva agua. Este almacén de agua, que sigue recogiendo la lluvia que cae en el patio renacentista que lo cubre, es uno de los más grandes de su época, de ahí su espectacularidad, potenciada por la luz dorada que se vierte desde el cenit hacia las cinco naves compuestas por arcos de herradura.

Cáceres (Ciudades para el Siglo XXI)

La última región salvaje de Argentina

Visita a El Impenetrable, una zona perdida al norte del país, fue propiedad privada y ahora está a punto de convertirse en parque nacional
Ampliar foto Espátulas rosadas en El Impenetrable, en el norte de Argentina.
La historia del parque nacional El Impenetrable es difícil de imaginar fuera de Latinoamérica. Una narración que habla de una guerra por la conquista de una tierra indómita, a la que no en vano los españoles le pusieron ese nombre que evoca lo que se ve desde el aire cuando volamos en dirección a Castelli, el único lugar de la zona con una pista de tierra para aviones pequeños: un interminable bosque tupido cruzado por un solo río. No hay carreteras ni restos de presencia humana. Al bajar aún se entiende mejor: debajo de los árboles hay cactus y zarzas por todas partes. Todo corta. Una tierra dura que solo los indígenas wichis o qom lograban atravesar. Los conquistadores quedaban atrapados persiguiéndolos, morían al no encontrar agua. Por eso lo llamaron así. Un paraíso para osos hormigueros, yacarés, pumas, carpinchos (capibaras), ocelotes, tatú carreta (un armadillo de 1,5 metros), monos, zorros, guazunchos (un pequeño cérvido). El último lugar totalmente salvaje de Argentina.
La última región salvaje de Argentina
En la historia están todos los elementos del continente: naturaleza indómita, batalla descarnada por el territorio entre indígenas y blancos, un terrateniente dueño de todo y un misterioso asesinato. Buena parte de El Impenetrable, en el corazón del Chaco, una de las provincias más pobres e indígenas de Argentina, cerca de Paraguay, estaba en manos de una sola persona, como es habitual en Latinoamérica. Se llamaba Manuel Roseo. Tenía 75 años cuando fue torturado y asesinado vilmente por tres sicarios en 2011 junto a su cuñada, Nélida Bartolomé, probablemente porque se negaban a vender las tierras. Era el único propietario de La Fidelidad, una fastuosa finca de 250.000 metros cuadrados. Y no hacía nada con ella. En todo ese territorio solo tenía una pequeña estancia a la que iba de vez en cuando desde Castelli, donde vivía de forma humilde. Pero precisamente esa dejadez es la que ha convertido a El Impenetrable en una joya para la conservación de la naturaleza.
Manuel Roseo, el dueño del territorio, tenía 75 años cuando fue torturado y asesinado vilmente por unos sicarios
Roseo permitió, con su decisión de no explotar masivamente la finca para madera o cualquier otra industria, que se creara una reserva natural para todo tipo de animales. Cuando murió asesinado, la provincia del Chaco, apoyada por el Estado argentino, expropió La Fidelidad, que un día fue propiedad de Jorge Born, uno de los hombres más ricos de Argentina. “Mi padre la recorrió varias veces a caballo, durante días. Era tierra de indios. Su propósito era saber si había tierras cultivables. Pero descubrió que era prácticamente imposible combatir el vinal, una plaga arbórea. La zona era impenetrable por falta de caminos. Los caballos se hacían salvajes, por eso la vendió por un dólar la hectárea a los hermanos Roseo”, cuenta su hijo, Jorge Born II, que ahora tiene 80 años.
La provincia del Chaco ha convertido por ley La Fidelidad en un parque natural con el que pretenden recuperar, gracias a los turistas, la débil economía del Chaco y dar trabajo a la gente de la zona, entre ellos un grupo de wichis que malviven al borde del parque. Los herederos de Roseo pleitean para lograr más dinero por la expropiación, pero las sentencias caen del lado del Estado y el parque está a punto de ser una realidad y abrir sus puertas.
Vista aérea de El Impenetrable, en Argentina, zona que está a punto de convertirse en parque nacional. ampliar foto
Vista aérea de El Impenetrable, en Argentina, zona que está a punto de convertirse en parque nacional.
Adrián Contreras, responsable del plan general de El Impenetrable, que la provincia lleva adelante para recuperar esta zona y dar trabajo a sus habitantes, se entusiasma con las posibilidades de La Fidelidad mientras contempla su inmensidad desde el avión. “Está espectacular, completamente virgen. Roseo dejaba que entrara a pastar el ganado de los vecinos y ellos le hicieron de alambrado humano, protegieron la finca. Ya se pagaron 64 millones de pesos [4 millones de dólares] por la expropiación. Los herederos piden 1.000 [62 millones de dólares]. La decisión política es firme. El parque es una realidad, ya está declarado”, explica. “Se puede hacer avistamiento de animales en una navegación desde el río Bermejo. Vamos a hacer ocho postas, ya diseñadas, y un centro de interpretación”, cuenta.

Un mono carayá

Un paseo por la zona da idea de las posibilidades de este paraíso. Enseguida aparece en lo alto de los árboles un mono carayá con cuatro hembras. Acostumbrado a la soledad, muestra a los extraños que este es su territorio: defeca y orina desde las copas de los árboles para recordar quién manda ahí y expulsar a los intrusos. En el camino, una enorme anaconda amarilla o curiyú atraviesa la carretera y se hincha amenazante cuando se acercan los turistas. En una rama, un urutaú, también llamado pájaro fantasma, que imita los colores del árbol para camuflarse, aguarda completamente inmóvil la llegada de la noche.
Un oso hormiguero en El Impenetrable (Argentina). ampliar foto
Un oso hormiguero en El Impenetrable (Argentina).
Al borde de la entrada del parque vive Luciano Cango, pagado por la empresa Conservation Land Trust (CLT), del millonario dueño de North Face, Douglas Tompkins, fallecido en 2015 y propietario de enormes fincas en Argentina y Chile que compró para conservar la naturaleza. Luciano trabaja 22 días seguidos y descansa 8. Vive en una humilde tienda de campaña y solo tiene una misión: proteger esta tierra, evitar que los herederos o los furtivos vengan a cazar, a destruir esas 250.000 hectáreas. La empresa de Tompkins le paga para que vigile, para ocupar el territorio.
El último lugar totalmente salvaje de Argentina alberga yacarés, pumas, ocelotes, carpinchos y armadillos
Felipe Segundo, un indígena qom, tiene un trabajo similar. Pero él es guardaparque, depende del Estado, no de una empresa privada. Ahora cuida las tierras de sus ancestros, que poco a poco fueron desplazados por los blancos y acabaron encerrados en sus poblados sin nada que hacer. “Los nuestros viven ahora de los planes sociales, ya nadie quiere cazar ni nada parecido como antes. Algunos podemos salir a estudiar con la obligación de volver. Yo lo hice y estuve tres años en el pueblo. Ahora soy guardaparque y me gusta mi trabajo”, asegura.
Su jefe, Guillermo Lier, se entusiasma con el parque. “Es el último reducto del tatú carreta, un paraíso del tapir, del oso hormiguero”. Y cuenta que lo que más sorprende es saber que Roseo tenía ese enorme patrimonio y vivía como un peón, probablemente por miedo a que lo extorsionaran y por las deudas que acumulaba. “En el pueblo no sabían que era el dueño. El mecánico me contó que le regalaban las gomas [las ruedas de recambio] porque pensaban que era pobre”. La finca ahora expropiada pudo valer en su momento unos 250 millones de dólares, pero él se negó a vender.
Niños en una escuela en las cercanías de El Impenetrable, al norte de Argentina. ampliar foto
Niños en una escuela en las cercanías de El Impenetrable, al norte de Argentina.
Todos están entusiasmados con la llegada del parque. En estas tierras áridas y pobres el turismo es un maná. Raúl Palavecino, de Nueva Población, un pequeño pueblo al borde de la reserva, se ilusiona mientras habla bajo un enorme algarrobo: “Aquí no hay trabajo. El turismo puede resolverlo todo. El año pasado ya tuvimos 80 turistas. Con el parque serán muchos más”. Palavecino y su familia tiene varios kayaks preparados para que los viajeros puedan recorrer el río Bermejo y zonas acondicionadas para pasar un par de días en medio de la nada.
A las afueras del pueblo hay una comunidad wichi que vive en condiciones de pobreza. El Impenetrable, que ocupa parte del Chaco y Formosa, otra provincia muy pobre que limita con Paraguay, es el lugar donde con más frecuencia aparecen casos de muerte por desnutrición en Argentina. Casi siempre son indígenas. Eran nómadas, cazadores, se movían con libertad en estas tierras. Nunca se adaptaron al sedentarismo. Para ellos también el parque parece la última esperanza.
Una travesía en kayak por el río Bermejo, en El Impenetrable (Argentina). ampliar foto
Una travesía en kayak por el río Bermejo, en El Impenetrable (Argentina).

Atención turística

Julio Palacio, uno de los pocos wichis de este poblado que habla castellano, cree que es la única oportunidad. “Está bueno el parque. A ver si vienen más turistas porque aquí no hay trabajo. No tenemos vacas ni nada, somos wichis”, dice para explicar que su pueblo nunca se dedicará a la ganadería. “Las casas nos las da el Gobierno, pero no hay para todos. Muy pocos estudian porque somos wichis”, insiste. Desde la provincia les dan cursos de capacitación, a ellos y a otros vecinos de la zona, para que aprendan a atender a los turistas. Todo está listo para que la justicia conceda la autorización definitiva.
El parque nacional El Impenetrable, la gran joya argentina, el último reducto inexplorado, espera la llegada de turistas que buscan una experiencia difícil de imaginar en otras tierras más explotadas. Serán de momento 130.000 hectáreas de reserva —la otra parte de la finca está en Formosa, en manos desde 1995 del gobernador peronista Gildo Insfrán, que no tiene intención de hacer ningún parque—. El plan general, que pretende recuperar una de las zonas más pobres y aisladas del país, cambiará la historia de esta zona. Pero ya nunca dejará de ser impenetrable.

Guía

Información
El futuro parque nacional El Impenetrable se encuentra al noroeste de la provincia argentina del Chaco. La Armonía y Nueva Población son dos de los puntos de acceso principales.
Oficina de turismo del Chaco.

Los mejores viajes para amantes de la fotografía

Los circuitos fotográficos ganan adeptos y cuentan con agencias especializadas que ofrecen destinos exóticos y fotogénicos acompañados de profesionales de la imagen
Ampliar foto Caravana de camellos en el desierto del Sáhara (Marruecos). Agencia Phototravel
Fui a Marsella. Una pequeña renta me permitía costearme los gastos y trabajé con entusiasmo. Acababa de descubrir la Leica. Se transformó en la extensión de mis ojos y nunca me he separado de ella desde entonces. Merodeaba por las calles todo el día, tenso y preparado para brincar, resuelto a atrapar la vida, a preservarla en el acto de vivir. Ante todo, ansiaba apresar en los confines de una sola fotografía toda la esencia de alguna situación que estuviera desarrollándose frente a mis ojos.”. Así describía Henri Cartier-Bresson el oficio de fotógrafo, el arte de mirar a través de una cámara sumado al entusiasmo de encontrarse en un lugar desconocido, de ver el mundo de siempre desde la perspectiva de un decorado diferente por el que circulan personajes inéditos.
Registrar lo que nos ofrece un viaje es casi un deber para la gran mayoría; pero mientras para unos es solo una tarea más del arte de viajar, otros lo convierten en el eje principal de su aventura. Joan Dalmau, de Barcelona, mecánico y aficionado a la fotografía, siempre se desplaza con su cámara. Su idea de visitar otros lugares va irremediablemente unida a su afición por inmortalizarlos. Ha visitado ya varios destinos con la agencia barcelonesa Artisal Travel Photography, entre los que están Cuba, India, Islandia o Pripyat, la ciudad más cercana a Chernobyl, y uno de los lugares que más le han impresionado. “Produce una sensación de desasosiego muy impactante. Es la inmortalización del desastre -objetos congelados en ese preciso instante-, pero también de ese sentimiento apocalíptico que vive con nosotros”, cuenta Joan.
Parque de atracciones en Pripyat, cerca de la central de Chernóbil (Ucrania).
Parque de atracciones en Pripyat, cerca de la central de Chernóbil (Ucrania). Artisal Travel Photography
La mayoría de los que viajan con este fin tienen, como los fotógrafos, sus temáticas favoritas. Las de Dalmau son los paisajes con huella humana y los retratos. “Me gusta hablar con la gente y, como trabajo con gran angular, tengo que estar cerca para que la foto salga bien”. Una consigna que ya había apuntado Robert Capa: “si tus fotografías no son buenas es porque no te acercaste lo suficiente”.
Artisal Travel Photography nació hace ocho años, de la mano de Artur Isal y Ruth Estellers, y en sus viajes siempre hay un fotógrafo profesional, especializado en el país de destino, que hace de guía y da soporte técnico y moral a los viajeros, que suelen formar grupos de entre tres y ocho personas. “Acabamos siendo una gran familia”, dice Isal, “y la gente suele repetir porque, además, tenemos rutas alternativas, pensadas y creadas para nosotros. Tratamos por todos los medios de constituir un grupo lo menos contaminante posible, a nivel visual. En el polo opuesto al de los turistas japoneses. Y, por supuesto, si se trata de fotografía antropológica o costumbrista, tratamos de ser humildes, molestar lo menos posible y pedir siempre permiso para sacar un retrato”.
Los destinos estrella de Artisal son Cuba, India, Japón, Estados Unidos, Etiopía, Sri Lanka y Madagascar, y los precios de sus rutas varían hasta un máximo de 2.500 € (sin vuelo) para una estancia de 15 días a la patria de los lémures, uno de sus viajes más caros.

Del valle de Ambroz a los suburbios londinenses

La agencia Phototravel, en Madrid, está también especializada en este tipo de viajes. Según Gonzalo Sáenz de Santamaría, su director, “buscamos lugares al margen de la cultura occidental, con un especial interés socio cultural, porque creemos que una buena foto debe ser algo más que una imagen estéticamente bella, debe tener un cierto contenido. Pero en la elección de los destinos influyen también nuestros viajeros. Este año, por ejemplo, incorporamos Birmania por petición popular”.
Estación de tren en Varanasi (India). ampliar foto
Estación de tren en Varanasi (India). Agencia Phototravel
Fernando Esteban, profesor de Torrelavega (Cantabria) ha viajado varias veces con Phototravel a India, uno de sus lugares favoritos, “es el país más fotogénico que conozco, cualquier escena es una foto. La intensidad de los colores, la gente. India es como un gran museo humano”. Visitar el país de los maharajás con esta agencia ronda los 795 euros (11 días), mientras que Marruecos sale por 474 euros (en ambos casos sin vuelo). Los destinos nacionales se reducen, en Phototravel, a escapadas de fin de semana. Entre ellas, los cerezos en flor del Valle del Ambroz, en Cáceres, (75 euros) o recorrer la parte más desconocida y curiosa de Sevilla (90 euros), e ambos casos con hotel y desayuno incluidos.
La agencia, según Sáenz de Santamaría, “huye de los circuitos turísticos. Nos desplazamos, siempre que podemos, en transporte público y trabajamos con negocios, hoteles y gente local. En el desierto del Sáhara nuestros guías son bereberes, vamos en camello y dormimos en jaimas”.
Vista del 'skyline' de Londres al atardecer. ampliar foto
Vista del 'skyline' de Londres al atardecer. Getty
Las grandes urbes son también lugares pintorescos, laboratorios en los que se pone a prueba la resistencia humana, escaparates de las luces y sombras de la civilización. Londres es el eje de Hairy Goat, agencia que organiza tours fotográficos por la ciudad del Támesis con temática variada. En ellos se mezclan la historia con enclaves desconocidos y misteriosos, perfectos para retratar de forma diferente esta metrópolis que rezuma tópicos. Según Corinna, fundadora y alma de la agencia, el valor fotográfico de la capital inglesa reside en que “es dinámica, cambia constantemente, mezcla lo viejo y lo nuevo, está llena de gente procedente de todos los caminos de la vida y tolera bastante bien a los fotógrafos”. La carta de Hairy Goat incluye delicias como los Mistery Tours (58 euros) o los Nights Tours (98 euros), aunque también cuentan con rutas personalizadas y privadas, con la asistencia de un fotógrafo profesional (301 euros).

Para bolsillos pudientes y almas sibaritas

Antiguamente viajar era una afición para ricos, para personas con abundante tiempo libre o para expedicionarios sibaritas que convertían la tarea de desplazarse por el mundo en todo un arte de cuidada estética. La naviera de lujo Silversea recrea de alguna forma aquel mundo en sus Silversea Expeditions, cruceros fotográficos pensados especialmente para los que no salen de casa sin su cámara. Según Tina Kirfel, directora de la firma en Europa, Oriente Medio y África, “el criterio de elección de los destinos se basa en localizar los paisajes más pintorescos, la máxima expresión de belleza que la naturaleza pueda ofrecernos sin olvidar el interés cultural y de ocio de los lugares a visitar”.
Un crucero de Silversea en Castle Bay, en Alaska. ampliar foto
Un crucero de Silversea en Castle Bay, en Alaska.
Las cuatro rutas que ofrece esta compañía a los aficionados a la cámara van desde un viaje de 14 días por las indias occidentales (India y Tailandia), con clases de yoga incluidas, hasta recorrer las costas de Alaska fotografiando osos, pingüinos y ballenas, un crucero por la costa occidental africana y otro por el lejano oriente ruso, zarpando desde Otaru (Japón). Los precios para desplazamientos de entre 14 y 18 días van desde los 10.000 a los 20.000 euros por persona pero, además, hay que reservar con la mayor antelación posible ya que algunas rutas están muy demandadas.
Cuando no se está fotografiando el terreno en el exterior del barco, la vida a bordo es digna de un hotel de cinco estrellas, con servicio de mayordomo, sábanas de hilo, baños de mármol o carta de almohadas. Pero en este tipo de viajes se realizan también talleres y ponencias de fotografía. Según Kirfel, “en todas nuestras expediciones incluimos a expertos fotógrafos, como la neozelandesa Aliscia Young o el brasileño Bruno Cazarini. Ellos acompañan a los viajeros a tomar fotos, les dan consejos sobre el terreno, de vuelta a bordo, les ayudan a revisar y editar el material”.